Cuentos y sucedidos de la vida
- mpesce1962
- hace 1 día
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Pedro suele levantarse temprano, más en verano, para así llegar a su bar aprovechando el fresco de estas mañanas de intenso calor.
Al aproximarse al Bar, de lejos reconoce la figura de uno de sus parroquianos, de nombre indígena, Tabaré, aunque poco se le parece por autóctono que se autoperciba. Tabaré es un buen tipo al decir de Wimpi, es un loco lindo, con muchas inquietudes y talentos artísticos y literarios.
Y así, entre mate y café, en esa comunión espiritual tan especial que generan esas infusiones, comienzan juntos la joranada.
Y empieza con un cuento que Tabaré le narra a Pedro entre mate y café y que pone en evidencia las emociones y los sentimientos irracionales que nos atraviesan .... Unamuno sostuvo una posición deliberadamente tensa y trágica entre razón y sentimiento. No buscó conciliarlos en una síntesis armónica, sino mantenerlos en conflicto, porque —para él— de ese conflicto nace lo propiamente humano.
Y aquí viene el cuento del pseudo indio sanducero ...
LA ÚLTIMA CARTA
María Cristina Acevedo Cristal era chilena, de la ciudad portuaria del sur de Chile, Puerto Montt, famoso por ser la puerta de entrada a la Patagonia de ese país.
Ciudad conocida por su rica gastronomía marina, un hermoso entorno natural, su cultura de colonización alemana y por la famosa canción del grupo uruguayo, de la ciudad de Paysandú, “Los Iracundos”, que logró inmortalizarlo culturalmente.
María Cristina era una fanática del grupo musical de pop rock que naciera allá por el año 1958 con otro nombre: Los Blue Kings. Recién en el año 1964 cuando firmaron con “RCA Víctor” en Argentina, la banda cambió su nombre y a pesar que su crecimiento fue exponencial en los años sesenta con giras por toda América, Europa y Estados Unidos, recién en 1968, Los Iracundos fueron Puerto Montt y Puerto Montt fue Los Iracundos.
Un “Puerto Montt” que surgió por esas cosas del destino, que nadie entiende muy bien porqué suceden, ya que el nombre original de dicha canción era “Por tu amor".
Y unidos precisamente en ese sinuoso camino del amor estaban María Cristina y Francisco, un amor por momentos frío como el Océano Pacífico, y por otros, poseedor de la misma masividad, irregularidad y fuerza peligrosa de sus olas en tempestad.
El sendero serpenteante de una injusta vida de celos terminó por separar ese amor tempestuoso en un punto de fuga.
Pasaron años de tristes despertares y eternos sueños incumplidos.
La celotipia de María la sumió en una existencia monótona y predecible. Su rutina no variaba un ápice, incluso en sus días libres, el despertador sonaba a las seis en punto. Su dormir era frágil, liviano y errante y su despertar amargo y sombrío.
Había roto con Francisco Pérez porque se le había puesto que el muchacho la engañaba con una compañera de trabajo. Nada más lejos de eso. El joven amaba a María apasionadamente, pero no hubo forma de hacerle entender lo errada que estaba al pensar de esa manera.
Los celos patológicos de la joven tenían su raíz en la baja autoestima, miedo extremo al abandono y una sensación de insuficiencia. Ignoraba la realidad y se aferraba a su propia narrativa. Era evidente que María sufría del “Síndrome de Otelo”, donde la persona es incapaz de razonar lógicamente frente a una evidencia contraria. Su pensamiento rígido y delirante la llevó a convencerse que al romper su relación retomaría el control de su vida eligiendo perderlo todo antes que vivir con la incertidumbre de ese engaño imaginario.
Francisco, en extremo dolorido y sin saber cómo solucionar este penoso desencuentro, decidió irse de Puerto Montt y se instaló en otro país. Su destino fue Angra dos Reis ("Ensenada de los Reyes") un verdadero paraíso de 365 islas y más de 2000 playas. Dejó atrás más de 10 años de buen pasar económico y el puesto gerencial en la empresa turística internacional “Around the world” para trabajar en las playas como vendedor de baratijas. Su vida estaba completamente destrozada y necesitaba cambiar drásticamente su rumbo.
Pero, a pesar de todo, Francisco no lograba olvidarla y, luego de tres largos meses de silencio comenzó a escribirle extensas cartas buscando la reflexión de María y recordándole los hermosos momentos de intenso amor vividos junto a ella.
Ella respondía siempre, pero con cierta frialdad, distante. Pasaron meses, años, en un ir y venir de cartas. El joven insistía cada vez más para que María se fuera a vivir con él a esa, una de las playas más hermosas de Brasil, de arena blanca, olas perfectas y clima cálido y húmedo durante todo el año, típico de un entorno tropical.
El día menos pensado llegó la última carta que la joven recibiría desde Brasil. Al comenzar a leerla ansiosamente, se dio cuenta que la letra y la forma de escribir no era de Francisco. Tampoco era extensa, por el contrario el mensaje extremadamente corto y contundente: “Hola, soy Murilo, amigo de Francisco. Lamento comunicarle que él falleció hace unos días. Estaba muy triste y casi no comía. Sus últimas palabras casi suspiradas fueron “María Cristina, nunca te fui infiel, siempre te he amado con el corazón…”Pensé que usted desearía saberlo. Atentamente, Murilo Das Neves.
Destrozada María lloró eternamente por días. Sus ojos cada vez más pequeños e hinchados recordaban en cada lágrima a su único amor. A ese amor que había perdido sin razón alguna, por esos celos patológicos sin sentido.
Fue entonces cuando tomó una drástica decisión. Vendió su apartamento, dejó su trabajo y decidió recorrer el mundo en honor a Francisco.
Al salir a la calle con sus valijas prontas a un destino desconocido, un hombre entrado en canas y de aspecto desgreñado le entregó un folleto de vivos colores que decía: “Visite Angra dos Reis”, allí no sólo encontrará las playas más bellas de Brasil, encontrará el amor de su vida…






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