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Pedro, el mes de julio, René Favaloro, las dimensiones del ser humano, Aristóteles, Kant, Ortega, Frankl y otros.

18 sept
15 min de lectura

Actualizado: 19 sept

El mes de julio es un mes especial, es un mes de amaneceres tardíos y atardeceres tempraneros, noches largas, días cortos, y ésas noches largas y frías afuera, invitan a quedarse adentro, al lado de la estufa, tomando cualquier infusión que caliente afuera (el cuerpo) y adentro (el alama).


En cada invierno la naturaleza muere para renacer, así lo marcan los solsticios y los equinoccios.


Éste julio para Pedro fue más frío y más oscuro que el de otros años, ya que tuvo un quebranto de salud que lo obligó a estar más "encerrado" que de costumbre. El "encierro” obliga a mirar hacia adentro y hacia afuera.


Julio también es un mes importante en la vida de uno de los personajes que Pedro admira profundamente, "un hombre en serio, que eligió vivir en un país inexplicablemente en broma". Estamos hablando de René Gerónimo Favaloro Raffaelli, hijo y nieto de italianos, hijo de Don Juan Bautista Favaloro, ebanista y carpintero, y Doña Geni Ida Raffaelli, modista; René nació en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, el día 12 de julio del año 1923 y falleció trágicamente - pero con los principios intactos - en la ciudad de Buenos Aires el día 29 de julio del año 2000.


Como dije, era hijo y nieto de italianos, con toda esa carga afectiva, emocional, de tradiciones y costumbres que conforman el orgulloso espíritu de los inmigrantes italianos que explican los tremendos aportes que dicha colectividad ha sabido dar al mundo en que vivimos.

Sus antepasados provenían de Valdichiesa, una pequeña localidad perteneciente al municipio de Leni, en la isla de Salina, que forma parte de las Islas Eolias, frente a la costa nordeste de Sicilia, en la actual provincia metropolitana de Messina. La historia familiar es interesante. Los Favaloro poseían viñedos en Valdichiesa y producían la Malvasia delle Lipari, vino característico de las Eolias. También disponían de un pequeño velero con el que comerciaban ese vino por distintos puertos del Mediterráneo. Hacia 1890, la filoxera (pequeño insecto que ataca las raíces de la vid) destruyó los viñedos y parte de la familia emigró a la Argentina, estableciéndose finalmente en "La Plata".

René conservó un vínculo emocional muy fuerte con Salina. Regresó allí y hablaba de la isla como «la tierra de mis abuelos» y el lugar de sus raíces. En 1999, los tres municipios de la isla —Leni, Malfa y Santa Marina Salina— le concedieron la ciudadanía honoraria.


La ciudad de La Plata fue fundada por Dardo Rocha el 19 de noviembre de 1882. Rocha era entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires. La creación de una nueva capital provincial fue consecuencia de la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880, que dejó a la provincia sin su antigua capital.

El diseño urbano fue encargado al ingeniero Pedro Benoit, responsable del célebre trazado geométrico de La Plata: una cuadrícula atravesada por diagonales, con plazas distribuidas regularmente, y símbolos que, vistos desde el aire a cierta altura, hablan de un proyecto mucho más que urbanístico. Es importante resaltar el espíritu fundacional de la ciudad, ya que un conjunto de hombres, todos pertenecientes a la generación del 80, fueron sus precursores. Esa generación fue enormemente rica y destacada desde el punto intelectual, cultural y humanístico en ambas márgenes del Plata, fueron quienes hicieron posible que tanto Argentina como Uruguay, pocos años después, sobre los años 1940 y 1950, llegaran a ser países de referencia.


Nacer allí, en esas décadas de esplendor intelectual, cultural y humano, quizás nos explique, aunque sea en parte, algunas razones de esta personalidad que brilló y brilla aún trascendiendiendo la muerte a nivel mundial.

Favaloro nació en el barrio El Mondongo, llamado así porque era una zona donde se ubicaban los frigoríficos y mataderos, nació apenas 41 años después de la fundación de la ciudad. René Gerónimo Favaloro Raffaelli realizó toda su formación inicial en la educación pública de La Plata:

Escuela primaria: Escuela N.º 45 “Manuel Rocha”, en el barrio donde creció.

Secundaria: ingresó en 1936 al Colegio Nacional de La Plata, actualmente Colegio Nacional “Rafael Hernández”, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. Egresó como bachiller en 1941. Allí tuvo profesores de enorme nivel intelectual, entre ellos Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña, que influyeron mucho en su formación humanística.

Medicina: ingresó en 1942 a la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y se recibió de médico en 1949.

Durante la carrera comenzó su formación práctica en el Hospital Policlínico de La Plata, donde se interesó especialmente por la cirugía. La propia Fundación Favaloro señala la influencia que tuvieron sobre él los cirujanos José María Mainetti y Federico E. B. Christmann.


Hay un aspecto de su educación que conecta directamente con las tres dimensiones del hombre: Favaloro atribuía enorme importancia a la formación humanística que recibió en el Colegio Nacional, no solamente a su preparación científica. Esa influencia de Ezequiel Martínez Estrada y, sobre todo, Pedro Henríquez Ureña merece detenerse en ella, porque ayuda bastante a comprender de dónde provino el humanismo de Favaloro, su compromiso de por vida (y por muerte también) con esos valores hondamente humanísticos.


Somos el resultado de una historia familiar y un entorno que nos comprende y nos forma, esa formación tiene la doble calidad de ser consciente e inconsciente, formal e informal, íntima, en nuestra casa, con nuestra familia, y pública en escuelas, colegios y clubes, con nuestro entorno, nuestros amigos y aquellos que consideramos nuestros referentes y con mucha, pero mucha suerte "mentores". Cuál es el peso relativo de cada factor no lo sé, pero sí sé que la familia ocupa un lugar muy importante, luego vienen las escuelas, los colegios, los clubes, y durante toda la vida, los buenos referentes y mentores que, con suerte, aparecen "mágicamente" como una mano invisible.


En esas noches frías del inverno, sólo, al abrigo del fuego, ¿Pedro se pregunta cuánto tiene su pensamiento de "propio" y cuánto de la influencia recibida?


Formarse implica un despertar, un pasaje de las tinieblas o la luz o de la oscuridad del vientre materno, de la matriz, al despertar de una conciencia que a través de la razón nos lleva a la búsqueda de la verdad y la perfección. ¿Quién verdaderamente sabe de dónde venimos y adónde vamos?



Para Favaloro en el hombre existen tres dimensiones, una primera dimensión física, biológica, fisiológica; la segunda dimensión comprende sentimientos, emociones, afectos, pensamientos, temores y esperanzas, esta sería la dimensión psíquica, y la tercera dimensión es la dimensión social, El individuo no existe sólo, por el contrario, somos también nuestras relaciones, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra educación, nuestra cultura y las circunstancias históricas en las que vivimos.

En pocas palabras para Favaloro somos un todo, y estas tres dimensiones están permanentemente interactuando una con otra, buscando un equilibrio. Al nacer somos un proyecto de vida del cual no conocemos el plazo, y tampoco las contingencias.

Sostiene Favaloro «El paciente es la fusión indisoluble de estas tres dimensiones.»

Incluso señala que una palabra, un gesto o un acto pueden modificar nuestra fisiología, porque esas dimensiones interactúan permanentemente. Por eso sostenía que el médico debía buscar un equilibrio entre las tres dimensiones y formar a los jóvenes médicos con un «criterio integral»

Cuando enfermamos, no sólo enferma el cuerpo, sino que también las otras dos dimensiones se ven afectadas. (La referencia bibliográfica que aparece asociada a esta formulación es René G. Favaloro, Conversaciones sobre ética y salud (1996).


Vemos que este pensamiento tiene relación con Aristóteles, para Aristóteles, cuerpo y alma no son dos sustancias independientes accidentalmente unidas. El ser humano constituye una unidad: el alma es, en términos muy simplificados, el principio vital y organizador del cuerpo.


Kant agrega a lo anterior que el hombre pasa a ser pensado sobre todo desde su dignidad moral. La formulación más conocida del imperativo categórico exige tratar a la humanidad, siempre como un fin y nunca meramente como un medio. Esto tiene una consecuencia decisiva para la medicina: un paciente no es “un caso”, “una cama”, “un diagnóstico” ni “un órgano enfermo”. Es una persona con dignidad propia. En términos contemporáneos, la técnica médica debe estar subordinada al respeto por la persona.


Ortega y Gasset introduce otro elemento esencial: la circunstancia. Su célebre “yo soy yo y mi circunstancia” significa que la persona no existe en abstracto. Vive situada en una familia, una época, una sociedad, una profesión, una cultura y unas condiciones materiales concretas. Esto aproxima mucho a Ortega con la dimensión social que Favaloro consideraba inseparable de las otras. Una enfermedad no ocurre “en el vacío”: ocurre en una biografía.


En tanto Frankl agrega todavía otra dimensión. Para él, además de la dimensión biológica y psicológica, existe una dimensión noética o espiritual (quizás el "alma” de Aristóteles), que es la capacidad de tomar posición ante lo que nos ocurre, orientarnos por valores y preguntarnos por el sentido. Su tesis central no es que el sufrimiento sea bueno, sino que incluso cuando no puede evitarse, la persona conserva en algún grado la libertad de adoptar una actitud frente a él. En medicina, esto obliga a reconocer que el paciente no solo necesita tratamiento: también necesita preservar identidad, propósito, esperanza y sentido.

“Al hombre se le puede arrebatar todo excepto una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”  …., y el cómo transitarlo Frankl (El hombre en busca de sentido).


Vemos que Ortega se cruza con este pensamiento también.


Favaloro recoge muchos de estos elementos en una formulación eminentemente clínica y humanista. Su idea del ser humano como unidad biológica, psíquica y social puede entenderse como una síntesis práctica. El médico debe comprender el cuerpo, pero también la subjetividad del paciente y el mundo social en que vive. Su crítica al reduccionismo biomédico consiste justamente en advertir que se puede realizar una intervención técnicamente perfecta y, sin embargo, fracasar humanamente.


Esa sería la conexión con el humanismo en general.


Todos, con diferencias importantes, rechazan la idea del hombre como mera cosa. El ser humano es organismo, conciencia, relación, historia, libertad, dignidad y proyecto. Esa es precisamente la razón por la cual una medicina verdaderamente humanista no puede limitarse a “reparar” el cuerpo.


Todos confluyen en que el humanismo lucha desde hace siglos por vigorizar una dimensión moral, ética, integral, de respeto por la vida que ha quedado sólo en titulares vacíos, faltos de contenido, nos hemos vaciado por dentro, somos una sociedad líquida, al decir de Zygmunt Bauman, de pensamientos fugaces, de ahí que Gianni Vattimo habla del pensamiento débil (pensiero debole), una corriente filosófica posmoderna que rechaza las verdades absolutas, los dogmas y los fundamentos metafísicos inamovibles, vivimos la época de la post verdad, y las redes agravaron exponencialmente el problema que ya venía sufriendo el "pensamiento crítico” y la racionalidad, base indiscutible de la ilustración.


El psicólogo y divulgador Steven Pinker en su libro «En defensa de la Ilustración», titulado en inglés Enlightenment Now (2018) y traducido al español como En defensa de la Ilustración o La Ilustración ahora también remite a los escritos históricos del filósofo Immanuel Kant sobre el Siglo de las Luces y las bases del progreso de la humanidad.



Pedro estaba abstraído en sus pensamientos cuando la televisión lo trae "al aquí y al ahora", a una noticia de esos días de julio, el caso en primer término de un ser humano no importa el género, la profesión, su condición social, importa (como debe ser) que se trata de un ser humano, con todo lo que implica.

Su nombre "era" María Soledad Barrera, que además era médica, la Dra. María Soledad Barrera, fallecida en 2024 luego de varios meses en estado vegetativo, según versiones de prensa basadas en el expediente penal e información pública, se sometió a lo que debía ser una intervención quirúrgica de rutina, terminó siendo un homicidio culposo.  La anestesista que asistió a ese acto médico, de nombre Dra. Inés Miralles, (la especialista que intervino en el procedimiento de Soledad), fue condenada por la Justicia uruguaya por homicidio culposo mediante un proceso abreviado.

El punto jurídico fundamental es que el fallecimiento de María Soledad Barrera no fue considerado una muerte natural ni un mero desenlace inevitable de una complicación quirúrgica. La investigación penal estableció un nexo causal entre la actuación médica y el daño encefálico que finalmente provocó su muerte. Por eso la responsabilidad terminó encuadrándose penalmente como homicidio culposo.



A partir de acá Pedro no entiende más nada, todo lo que la humanidad tardó siglos en desarrollar, es letra muerta, las muertes se arreglan en la baranda de un juzgado penal, con una pena y una inhabilitación sin considerar casi que más nada, y todo lo que representa una vida, a la luz de lo relatado, la dignidad humana, el humanismo, se va todo por la misma baranda.


Luego vienen los juzgamientos éticos de esa conducta penal, que, a través de un peregrinaje dolorosísimo de su familia, mendiga al menos una sanción ética, pena que, en esos tribunales de ética, al principio mantienen una inhabilitación de 5 años, pero que luego una ministra rebaja a 3 por sí y ante sí, renunciándole 11 de los 12 miembros del tribunal.


Aun así, continúa.


Sus familiares recurren al tribunal de ética del colegio médico y éstos, ni siquiera le toman la denuncia por sostener que no cumplía con las formas…


Y el peregrinaje continúa ....


Pedro se pregunta, ¿será que Favaloro, Aristóteles, Kant, Ortega, Frankl, estaban todos locos y no conocían al ser humano? ¿Será que el único que conocía al mundo, sus pobladores y la naturaleza humana es Discépolo, cuando creó la letra del tango “Cambalache”?


En eso ve entrar a su amigo Segundo, y lo interroga por esto mismo a ver qué piensa.



Querido Pedro. Tu pensamiento me evocó la admiración que siento por René Favaloro; pero, al mismo tiempo, me sumergieron en un pensamiento trágico como el desenlace de su vida.


 

Desde la noche de los tiempos existe un mandato grabado en el pórtico del Templo de Apolo que, tres mil años después, mantiene plena vigencia. La sentencia reza: “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses”. Y por extensión podría decirse: “…y conocerás a los demás hombres”.  En definitiva, desde que el hombre es Hombre es un ser social, cuyo progreso se ha basado en la cooperación, que no es posible sin cultivar una buena convivencia. Esta se constituye como un límite de la libertad personal irrestricta, razón por la cual necesita apoyarse en ciertos valores y reglas sociales consensuadas, cuando no, en leyes custodiadas por una autoridad incuestionable.


En el hombre se reconocen tres dimensiones. En primer lugar, la identidad, que consiste en reconocer aquellos atributos esenciales que nos definen. En segundo término, la historicidad, determinada por la comprensión de que somos también el resultado de aquello que hemos vivido, y de las transformaciones que la vida ha producido en nosotros. Y por último, la libertad, que, en forma concisa, es la posibilidad de juzgar nuestro pasado y orientar deliberadamente nuestro futuro.

 

Esto me lleva al caso de Favaloro, un hombre a quien yo también admiro. En él se reconoce todo lo que está bien: los valores de una familia bien constituida por inmigrantes que vinieron a estas latitudes porque la estaban pasando mal. Con mucho esfuerzo y sacrificio lograron salir adelante, transmitiéndole a las siguientes generaciones los riesgos y el dolor de las pérdidas, y la importancia de cultivar los valores de convivencia fraterna y cooperación, como herramientas fundamentales para el progreso individual y colectivo. En un siguiente nivel se encuentra la educación formal, con los valores republicanos y los principios, que, en nuestra tierra, promovió J.P. Varela. Y en un círculo exterior, abrazando a los anteriores, está la pertenencia a una sociedad ubicada en una ciudad con valores que reforzaban las buenas costumbres familiares. Todo alineado con un mismo propósito. ¿Qué podía salir mal? En esa sociedad, hasta los delincuentes respetaban ciertos valores.

 

¿Qué sucede hoy? Somos testigos de instituciones en crisis: la familia, la educación formal y la sociedad se están desintegrando. Las reglas básicas de convivencia están obsoletas. El Estado, garante de las leyes, es inoperante. Y la democracia, la forma menos mala de convivencia, se ha vuelto demasiado mala.

 

Esta es la matriz del Gran Problema, que explica todo lo que está sucediendo en el mundo y a nivel doméstico. Todo se explica dentro de este marco, incluida la muerte trágica de René Gerónimo Favaloro Raffaelli, el hijo del ebanista y de la modista que huyeron de Italia persiguiendo el sueño de una vida mejor, que duró tan solo dos generaciones.


En ese momento, mientras Pedro y Segundo permanecían en silencio, Zebal, que había escuchado atentamente la conversación, intervino:

 

—Quizás haya otra lección de Favaloro que todavía nos falta considerar.

 

Favaloro no solamente nos enseñó medicina. Tampoco su legado termina en el bypass coronario, en la Fundación que lleva su nombre o en los innumerables médicos que formó.

 

Su última lección fue mucho más incómoda.

 

Intentó, incluso con el sacrificio de su propia vida, despertar la conciencia de una sociedad.

 

Podemos discutir hasta el infinito aquella decisión trágica. Pero resulta difícil ignorar que sus últimas palabras fueron dirigidas hacia afuera. Favaloro quería sacudir conciencias. Quería denunciar aquello que consideraba intolerable. Quería que alguien reaccionara.

 

Y entonces me pregunto si veintiséis años después realmente aprendimos algo.

 

Porque es muy fácil admirar a Favaloro cuando ya no está.

 

Lo difícil es defender los principios de Favaloro cuando hacerlo incomoda.

 

Lo difícil es hacerlo cuando delante nuestro aparece una persona concreta, una injusticia y una institución concretas que debería responder.

 

Porque los principios solo pueden medirse cuando dejan de ser abstracciones y deben enfrentarse a la realidad.

 

Por eso también pienso inevitablemente en la madre de María Soledad Barrera.

 

Perdió a su hija, médica, después de un hecho que terminó siendo objeto de una condena penal por homicidio culposo. Pero después de atravesar semejante tragedia comenzó otro peregrinaje: el de intentar obtener una respuesta de las instituciones encargadas de juzgar la dimensión ética de lo ocurrido.

 

Y allí todas las páginas anteriores sobre Aristóteles, Kant, Ortega, Frankl y Favaloro dejan de ser filosofía.

 

Se convierten en realidad.

 

Porque ¿qué significa hablar de dignidad humana si una madre debe golpear una y otra vez las puertas de las instituciones para ser escuchada?

 

¿De qué sirve repetir que el ser humano posee una dimensión biológica, psicológica y social si, cuando ese ser humano aparece delante nuestro reclamando una respuesta, terminamos reduciéndolo a un expediente, un procedimiento o una formalidad?

 

¿De qué sirve citar a Kant y decir que el hombre debe ser siempre un fin y nunca solamente un medio si las instituciones pueden olvidar que detrás de cada expediente existe una persona?

 

Pero hay algo que me inquieta todavía más.

 

¿Dónde estábamos todos los demás?

 

¿Dónde estaba la sociedad médica?

 

¿Dónde estaban las instituciones?

 

¿Dónde estaban quienes tenían responsabilidades públicas?

 

¿Dónde estaban quienes podían preguntar?

 

¿Dónde estábamos nosotros?

 

Porque quizá nuestro problema más profundo ya no sea solamente que ocurran cosas difíciles de comprender.

 

Quizá sea que nos estamos acostumbrando a ellas.

 

Nos indignamos un día. Comentamos una noticia. Escribimos algo en una red social. Y después seguimos caminando.

 

Hasta que lo extraordinario se vuelve cotidiano, lo inaceptable se vuelve tolerable y, finalmente, el silencio termina formando parte del problema.

 

Sin embargo, esta historia dejó también una enseñanza diferente.

 

La familia persistió.

 

Hubo voces en el desierto que la acompañaron.

 

Y cuando las negativas comenzaron a conocerse públicamente apareció una discusión que tampoco debería pasar inadvertida.

 

Y entonces la mirada se dirigió inevitablemente hacia dos instituciones creadas precisamente para custodiar principios éticos y garantías: el Tribunal de Ética y el Colegio Médico.

 

Ambas explicaron públicamente su actuación invocando el cumplimiento del reglamento y las exigencias formales para presentar una denuncia.

 

Pero entonces surge una pregunta elemental:

 

¿realmente el reglamento obligaba a cerrar la puerta?

 

Porque no fue necesario intentarlo una sola vez.

 

Recién la cuarta presentación logró ser considerada.

 

Y eso obliga a formular otra pregunta:

 

¿en qué momento el respeto por la forma deja de ser una garantía y comienza a convertirse en una barrera?

 

Porque una cosa es respetar las formas —indispensables para garantizar cualquier procedimiento— y otra muy distinta es transformar esas formas en un obstáculo que impida siquiera considerar el reclamo de una persona.

 

Más difícil todavía resulta comprender que, después de sucesivos intentos, se le exigiera a una madre que acababa de perder a su hija que especificara cuál era la falta ética que denunciaba en un escrito de decenas de hojas, presentado ahora en el formulario correcto.

 

¿Hasta dónde puede llegar el formalismo antes de convertirse en algo humanamente incomprensible?

 

Las normas existen para garantizar derechos y procedimientos; no deberían convertirse en un refugio para evitar el análisis de aquello que precisamente las instituciones fueron creadas para resolver.

 

Y a esta historia se agrega otro episodio que tampoco puede quedar fuera de la reflexión.

 

Una sanción ética de cinco años de inhabilitación terminó reducida a tres años por decisión ministerial.

 

Una decisión de semejante trascendencia exigía, precisamente por tratarse de una actuación del poder público, una explicación clara y convincente ante la sociedad y, sobre todo, ante la familia de María Soledad.

 

Porque reducir una sanción de cinco a tres años no es una cuestión administrativa menor.

 

Significa que una profesional condenada penalmente por homicidio culposo y posteriormente sancionada en el ámbito ético podría recuperar antes la posibilidad de ejercer.

 

La decisión no afecta solamente a quien recibe la sanción: también interpela a la sociedad y a los futuros pacientes que eventualmente puedan quedar bajo su responsabilidad profesional.

 

Y entonces vuelve Kant.

 

¿Dónde quedó la persona?

 

¿Dónde quedó aquella madre?

 

¿Dónde quedó María Soledad?

 

Una autoridad puede tener potestades legales para adoptar una decisión. Pero tener la potestad no exime del deber de explicar cómo y por qué se utiliza, particularmente cuando las consecuencias alcanzan la seguridad y la confianza de la sociedad.

 

Y cuando esas explicaciones no llegan o resultan insuficientes, aparece inevitablemente otra pregunta:

 

¿quién responde?

 

Y entonces ocurrió algo revelador.

 

La familia siguió insistiendo.

 

Los periodistas preguntaron e investigaron.

 

Legisladores abordaron el tema.

 

La sociedad comenzó a conocer el caso.

 

Las redes sociales amplificaron esas preguntas.

 

La presión pública aumentó.

 

Y finalmente una institución que había sostenido una determinada posición la revisó y dio lugar.

 

No afirmo cuál fue la razón interna de ese cambio.

 

Pero la secuencia de los acontecimientos obliga, por lo menos, a hacerse una pregunta:

 

¿por qué aquello que antes parecía imposible terminó siendo posible?

 

Lo indiscutible es que la postura cambió después de que el caso adquiriera exposición pública y aumentara la presión mediática.

 

Esa pregunta al Tribunal de Ética y al Colegio Médico merece una respuesta institucional.

 

Y quizá también explique algo todavía más preocupante: durante demasiado tiempo quienes tenían la obligación de dar la cara y dar explicaciones no la dieron.

 

Se callaron.

 

No hace falta calificarlos.

 

Los hechos y los silencios hablan por sí mismos.

 

Y quizá aquí las redes sociales, tantas veces responsables de esa superficialidad que Pedro describía antes, demostraron su otra cara: también pueden convertirse en una enorme herramienta de control ciudadano cuando las instituciones dejan de escuchar.

 

Tal vez una sociedad no se mida solamente por las normas que escribe, sino por lo que hace cuando una persona concreta queda sola frente a ellas.

 

Segundo miró a Zebal y permaneció unos segundos en silencio.

 

Pedro seguía observando el fuego.

 

—Entonces —preguntó—, ¿cuál sería para vos la verdadera enseñanza de Favaloro?

 

Zebal respondió:

 

—Que Favaloro no necesita más monumentos.

 

No necesita que repitamos todos los 12 de julio cuánto lo admiramos.

 

Necesita algo bastante más difícil:

 

que no miremos para el costado.

 

Que cuando una persona golpea la puerta de una institución, alguien la escuche.

 

Que cuando una institución se equivoca, sea capaz de rectificar.

 

Que cuando quienes tienen responsabilidades públicas observan una injusticia, actúen.

 

Y que cuando la sociedad percibe que algo no funciona, no acepte como respuesta el silencio.

 

Quizás ésa sea la última lección de aquel médico nacido en El Mondongo.

 

Los principios son hermosos mientras permanecen escritos en los libros.

 

Pero allí no sirven de demasiado.

 

Los principios adquieren verdadero sentido cuando llega el momento de defenderlos.

 

Y casi siempre, cuando llega ese momento, defenderlos tiene un costo.

 

Pedro volvió a mirar el fuego.

 

Segundo no dijo nada.

 

Tal vez porque los tres comprendieron que la pregunta ya no era qué habría hecho Favaloro.

 

La pregunta era mucho más incómoda:

 

¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros?

 
 
 

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